ROMPIENDO MITOS - MITO #2: Creer que buscar culpables resuelve el problema






 ROMPIENDO MITOS

MITO #2 

Creer que buscar culpables resuelve el problema

El pirata busca culpables. El profesional identifica riesgos.

Las organizaciones no reflejan la personalidad de sus vigilantes; reflejan la cultura de quienes las dirigen.

Por Carlos Enrique Pérez Barrios
Magíster en Seguridad y Defensa Nacional

Cuando ocurre un incidente dentro de una organización, casi siempre sucede algo predecible.

Antes de comprender qué ocurrió, por qué ocurrió y cuáles fueron las condiciones que permitieron que el problema se materializara, alguien formula una pregunta que parece inevitable:

¿Quién fue?

A partir de ese instante, la atención deja de concentrarse en el incidente para trasladarse hacia las personas. Comienza entonces una carrera por identificar responsables, explicar errores, asignar culpas y encontrar a quien deberá asumir las consecuencias. El tiempo que debería dedicarse a comprender el problema termina empleándose en descubrir quién pagará por él.

Durante décadas esa práctica ha sido considerada una forma normal de administrar organizaciones y, en algunos casos, incluso se presenta como demostración de disciplina, autoridad o firmeza gerencial.

Sin embargo, detrás de esa aparente preocupación por mantener el orden suele esconderse una de las mayores debilidades de la dirección empresarial: no comprender que los incidentes rara vez son producto exclusivo de una persona y que, muchas veces, representan la manifestación visible de un sistema que comenzó a fallar mucho antes de que alguien cometiera el error.

Allí aparece una diferencia fundamental entre una organización que simplemente administra personal y otra que realmente gestiona riesgos.

La primera concentra sus esfuerzos en encontrar culpables; la segunda dirige su atención hacia las causas que hicieron posible el incidente. Son dos maneras distintas de ejercer el liderazgo y, por consiguiente, de construir cultura organizacional.

Buscar culpables es una reacción. Identificar riesgos es una decisión estratégica.

La primera satisface la necesidad inmediata de explicar lo ocurrido; la segunda permite aprender de ello y reducir las posibilidades de que vuelva a repetirse.




La cultura organizacional nunca nace en el último puesto de servicio

La diferencia no reside solamente en la manera de investigar un problema, sino en la forma como la alta dirección entiende su propia responsabilidad.

Cuando un presidente, director o gerente considera que su función consiste únicamente en exigir resultados sin revisar las condiciones que los hacen posibles, termina construyendo una estructura donde el miedo sustituye progresivamente al liderazgo.

En esos ambientes las personas aprenden rápidamente a protegerse. Si comunicar una equivocación significa exponerse a una sanción o a una descalificación pública, muchos preferirán ocultarla. Poco a poco desaparece la confianza, se deteriora la comunicación y, quizás lo más grave, la organización pierde la capacidad de aprender de sus propias experiencias.

Por el contrario, cuando la dirección comprende que su responsabilidad consiste también en construir sistemas capaces de prevenir los errores antes de que produzcan consecuencias, la cultura comienza a transformarse.

Las investigaciones dejan de concentrarse exclusivamente en las personas y comienzan a revisar procesos, procedimientos, formación, supervisión, comunicación, tecnología y liderazgo. Informar una falla deja entonces de representar una amenaza y comienza a convertirse en una oportunidad para corregir aquello que todavía puede mejorarse.

Pensemos, por ejemplo, en una instalación donde una persona logra ingresar a un área restringida sin la autorización correspondiente.

La reacción más sencilla sería preguntar inmediatamente qué vigilante estaba de servicio y por qué permitió el acceso. Quizás ese trabajador cometió un error y, si corresponde, deberá asumir su responsabilidad. Pero una investigación profesional no puede terminar allí.

También deberá preguntarse si el procedimiento de control de acceso estaba correctamente diseñado, si el vigilante había sido entrenado para aplicarlo, si existían instrucciones contradictorias, si los sistemas tecnológicos funcionaban adecuadamente, si la supervisión había detectado desviaciones anteriores y si incidentes similares habían ocurrido sin que nadie analizara sus causas.

Encontrar al vigilante que cometió el error puede tomar algunos minutos. Descubrir por qué el sistema permitió que ese error se convirtiera en un incidente requiere verdadera gestión profesional.

Existe, sin embargo, una tendencia profundamente equivocada a creer que el comportamiento de una organización depende exclusivamente de quienes ocupan los niveles operativos.

Cuando un vigilante comete un error, un supervisor pierde el control de su equipo o un empleado trata inadecuadamente a un cliente, resulta fácil concluir que el problema está únicamente en quien ejecutó la acción. Pero las conductas individuales suelen ser también el reflejo visible de una cultura construida durante años y transmitida desde los niveles superiores hasta el último puesto de servicio.

Una empresa donde predominan el respeto, el reconocimiento, la formación permanente y el ejemplo difícilmente desarrollará supervisores permanentemente autoritarios o trabajadores indiferentes. De la misma manera, una organización donde prevalecen el temor, la descalificación y la improvisación terminará reproduciendo esos comportamientos en todos sus niveles.

La cultura organizacional no se redacta solamente en los manuales; se transmite diariamente mediante las decisiones, las actitudes y el ejemplo de quienes ejercen el liderazgo.

Cuando el miedo sustituye al liderazgo

Comprender cómo se construye una cultura organizacional obliga también a revisar cómo se ejerce la autoridad.

Algunas empresas todavía confunden autoridad con autoritarismo, disciplina con temor y control con vigilancia permanente. De esa confusión nacen modelos donde la presión reemplaza a la motivación, la amenaza sustituye al ejemplo y el castigo ocupa el espacio que debería corresponder al aprendizaje.

El efecto puede ser silencioso, pero profundamente destructivo.

Cuando las personas perciben que cada incidente terminará inevitablemente en la búsqueda de un culpable, disminuye la voluntad de comunicar oportunamente los problemas. Las pequeñas desviaciones dejan de reportarse, las fallas permanecen ocultas y los procedimientos comienzan a incumplirse sin que nadie los cuestione.

Lo que inicialmente parecía una forma estricta de administrar termina debilitando precisamente aquello que se pretendía proteger: la capacidad de prevenir riesgos.




El liderazgo profesional produce el efecto contrario. Allí donde existe confianza, las personas comunican las novedades con mayor rapidez, reconocen sus errores y participan en la búsqueda de soluciones. La supervisión deja de actuar como un fiscal permanente y comienza a convertirse en un proceso de acompañamiento, orientación y mejora continua.

Esto no significa eliminar la disciplina ni justificar irresponsabilidades.

Significa comprender que la disciplina sostenible nace del convencimiento y del ejemplo mucho más que del temor. Cuando las personas cumplen los procedimientos porque comprenden su importancia y se sienten parte de un propósito común, el resultado será mucho más sólido que aquel obtenido exclusivamente mediante controles y amenazas.

Los valores también administran riesgos

Con frecuencia se piensa que los principios y valores pertenecen exclusivamente al terreno de la formación humana y tienen poca relación con la gestión empresarial.

Nada más equivocado.

Los valores constituyen uno de los mecanismos de control más eficaces de cualquier organización porque orientan las decisiones precisamente cuando no existe un supervisor observando.

Un trabajador formado únicamente para obedecer probablemente actuará correctamente mientras alguien lo controle; un trabajador formado también en principios tendrá razones para actuar correctamente cuando nadie pueda verlo.

Esa fue precisamente una de las ideas centrales desarrolladas en El Factor M: las organizaciones alcanzan niveles superiores de desempeño cuando comprenden que la calidad del servicio depende tanto de las competencias técnicas como de la formación moral de las personas.

Honestidad, responsabilidad, respeto, lealtad, compromiso y sentido de pertenencia no son palabras destinadas a decorar manuales corporativos. Influyen directamente sobre la forma como cada trabajador enfrenta los problemas, toma decisiones y representa a la empresa frente a sus clientes.

Cuando la organización invierte permanentemente en la formación integral de su personal, mejoran las relaciones entre compañeros, disminuyen los conflictos, se fortalece la comunicación y aumenta la disposición para resolver los problemas antes de que evolucionen hacia situaciones críticas.

Ese clima termina proyectándose hacia el cliente mediante un servicio más profesional y estable.

La cultura también se refleja en los resultados financieros

Por ello, considerar la cultura organizacional como un asunto intangible sin relación con la rentabilidad constituye otro error.

Cada trabajador que abandona la emwpresa obliga a reiniciar procesos de reclutamiento, selección, contratación, dotación y capacitación. Cada ausencia inesperada exige reemplazos y afecta la continuidad del servicio. Cada conflicto consume tiempo gerencial y puede deteriorar la relación con el cliente.

Cuando estos factores se repiten, la organización entra en un círculo de ineficiencia: aumentan los costos, disminuyen los recursos disponibles para formación y supervisión, se deteriora la calidad del servicio y eventualmente se pierden clientes.

Paradójicamente, algunas empresas responden aumentando controles y sanciones sin advertir que el origen del problema puede encontrarse precisamente en una cultura organizacional deficientemente construida.

Las organizaciones dirigidas por profesionales recorren otro camino.

Entienden que invertir en liderazgo, formación, reconocimiento y desarrollo del talento humano no constituye un gasto, sino una decisión estratégica capaz de reducir costos, mejorar la productividad y fortalecer la calidad del servicio.

Sus resultados aparecen en la estabilidad de los equipos, la satisfacción de los clientes, la disminución de incidentes, la permanencia de los contratos y, finalmente, la rentabilidad de la empresa.

El liderazgo también se mide por lo que permanece

Pero existe todavía una dimensión superior.

Un gerente puede resolver problemas durante años, imponer disciplina, exigir resultados y mantener personalmente el control de su organización. Sin embargo, si cuando se marcha todo comienza a deteriorarse, probablemente administró una empresa, pero no construyó una cultura.

El verdadero liderazgo comienza a demostrar su valor cuando el líder ya no está.

Los procedimientos que continúan cumpliéndose, los supervisores que aprendieron a dirigir con respeto, los trabajadores que toman decisiones correctas sin necesidad de ser vigilados, los valores que permanecen y la cultura que continúa orientando a la organización constituyen la verdadera medida de aquello que un profesional fue capaz de construir.

Por eso, la responsabilidad de quien dirige una organización de seguridad no termina en obtener buenos resultados durante su gestión. También debe formar supervisores, desarrollar profesionales, transmitir principios y construir sistemas capaces de continuar funcionando después de su partida.

Porque una empresa que depende permanentemente del carácter, la presencia o la autoridad de una sola persona puede tener un jefe extraordinario, pero todavía no posee una cultura extraordinaria.

El profesional no solamente administra el presente. Construye lo que deberá permanecer después de él. Ese es su legado.

La excelencia no es la meta, es el camino

Llegamos entonces al verdadero sentido de este mito.

Buscar culpables puede satisfacer la necesidad inmediata de demostrar autoridad, pero identificar riesgos permite comprender las causas, corregir las debilidades y evitar que los mismos errores vuelvan a repetirse.

El liderazgo profesional no ignora las responsabilidades individuales. Quien incumple deliberadamente sus obligaciones debe asumir las consecuencias correspondientes.

Pero sancionar al responsable y analizar las causas que permitieron un incidente son responsabilidades diferentes y perfectamente compatibles.

Castigar a una persona sin corregir la falla que hizo posible el hecho puede producir una sensación inmediata de control, pero deja intacto el riesgo. Y un riesgo que permanece intacto conserva también la posibilidad de producir nuevamente el mismo resultado, aunque la próxima vez el nombre del responsable sea diferente.

Las organizaciones verdaderamente exitosas no son aquellas donde nunca ocurren incidentes, sino aquellas capaces de convertir cada experiencia en conocimiento, cada dificultad en una oportunidad de mejora y cada decisión de liderazgo en un paso hacia una cultura más sólida, ética y profesional.

Allí se encuentra finalmente la diferencia.

El pirata necesita encontrar a quién culpar por lo ocurrido. El profesional necesita descubrir por qué ocurrió.

FRASE DOCTRINARIA

“El pirata busca culpables para explicar el pasado. El profesional identifica riesgos para proteger el futuro. El verdadero líder construye una cultura capaz de hacerlo aun cuando él ya no esté.”

Carlos Enrique Pérez Barrios


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MITO #1 – Creer que la seguridad comienza cuando llega el vigilante

 


ROMPIENDO MITOS

De Piratas a Profesionales – Mito #1

Creer que la seguridad comienza cuando llega el vigilante

Por Carlos Enrique Pérez Barrios                                                                        Magister en Seguridad y Defensa Nacional

La falsa creencia que frenó la evolución de la seguridad privada.



Durante décadas, la industria de la seguridad privada ha convivido con una creencia tan arraigada que pocos se han detenido a cuestionar: pensar que la seguridad comienza cuando un vigilante ocupa su puesto de servicio. Esa percepción ha terminado por convertirse en una verdad aceptada tanto por numerosas empresas de seguridad como por buena parte de sus clientes. Unos creen que venden seguridad porque asignan personal a una instalación; los otros creen que la compran porque observan a un hombre uniformado custodiando la entrada de sus instalaciones.

La presencia de un vigilante constituye apenas uno de los componentes visibles de un sistema mucho más amplio. La verdadera seguridad comienza mucho antes de que ese profesional reciba un uniforme, una radio o las llaves de un portón. Nace cuando una organización identifica aquello que debe proteger, comprende las amenazas que enfrenta, analiza sus vulnerabilidades y diseña una estrategia capaz de administrar razonablemente los riesgos.

Todo lo demás representa la ejecución de un plan previamente concebido.

¿Cuándo comienza realmente la seguridad?

La seguridad no empieza cuando alguien llega a un puesto de vigilancia. Comienza cuando una empresa decide entender qué puede perder, por qué podría perderlo y qué debe hacer para evitarlo.

Ese proceso exige identificar riesgos, valorar amenazas, evaluar vulnerabilidades y definir medidas de protección acordes con la realidad de cada organización. Solo después de recorrer ese camino tiene sentido decidir cuántos vigilantes son necesarios, qué tecnología debe incorporarse, cuáles procedimientos deben implementarse y cómo será supervisado todo el sistema.

Cuando ese orden se altera, la seguridad deja de construirse sobre criterios técnicos y comienza a sustentarse sobre percepciones. Se asignan recursos antes de comprender el problema y se espera que esos recursos resuelvan situaciones para las cuales nunca fueron diseñados.

El error de pensar primero en el vigilante

Durante años la industria ha invertido el orden natural de las cosas. Primero piensa en el vigilante y después intenta comprender los riesgos, cuando debería ocurrir exactamente lo contrario.

Ese error ha frenado la evolución de numerosas organizaciones y ha creado una peligrosa ilusión de seguridad. Se espera que una sola persona compense deficiencias de planificación, errores administrativos, fallas tecnológicas, ausencia de procedimientos e incluso decisiones gerenciales equivocadas.

El problema no radica en la importancia del vigilante. Nadie podría negar el valor de su función dentro de un sistema de protección. El verdadero problema aparece cuando se le atribuyen responsabilidades que pertenecen al diseño del sistema y no a quien forma parte de él.

No existe profesional, por preparado que esté, capaz de sustituir un sistema inexistente.

Cuando el análisis previo no existe, cuando los procedimientos son débiles, cuando la supervisión es insuficiente o cuando las decisiones se toman sin criterio técnico, el vigilante termina enfrentando responsabilidades imposibles de cumplir. Después, cuando ocurre un incidente, resulta mucho más sencillo señalar al hombre que estaba en la puerta que reconocer que el problema nació mucho antes.

Lo que realmente debería evaluarse

Esta confusión explica por qué todavía existen organizaciones que evalúan un servicio de seguridad casi exclusivamente por el número de vigilantes asignados, la apariencia del uniforme o la cantidad de horas contratadas.

Mientras tanto, aspectos mucho más importantes permanecen en un segundo plano: el análisis de riesgos, la supervisión, los protocolos de actuación, la capacitación permanente, la inteligencia preventiva, los sistemas de control, la incorporación de tecnología y la capacidad para adaptarse a nuevas amenazas.

Cuando estos elementos desaparecen de la conversación, la seguridad termina convirtiéndose en un producto fácilmente comparable por precio. El debate deja de centrarse en la capacidad para proteger personas, activos e información, y pasa a reducirse a una simple pregunta: ¿quién ofrece más horas de vigilancia por menos dinero?

Ese es, precisamente, uno de los mayores errores que ha cometido nuestra industria.

Cuando la vigilancia sustituye a la seguridad

La confusión entre vigilancia y seguridad se reproduce prácticamente en todos los sectores. Empresas industriales, centros comerciales, hospitales, universidades, urbanizaciones e incluso organismos públicos suelen iniciar cualquier conversación preguntando cuántos vigilantes necesitan. Muy pocas comienzan preguntándose cuáles son los riesgos que realmente enfrentan.

La diferencia entre ambas preguntas parece pequeña, pero cambia completamente el resultado.

Cuando una organización parte del número de vigilantes, ya tomó una decisión antes de conocer el problema. En cambio, cuando comienza por identificar sus riesgos, el propio análisis determinará cuáles recursos humanos, tecnológicos, procedimentales y organizacionales son realmente necesarios para construir un sistema de protección eficaz.

Ese es el principio que orienta cualquier disciplina profesional. Ningún médico prescribe un tratamiento antes de realizar un diagnóstico. Ningún ingeniero inicia una construcción sin calcular previamente las cargas que deberá soportar la estructura. Ningún abogado recomienda una estrategia sin estudiar primero el caso. Sin embargo, en seguridad privada continúa siendo frecuente ofrecer soluciones antes de comprender el problema que se pretende resolver.

Como consecuencia, el vigilante termina convirtiéndose en la respuesta para cualquier situación. Si aumenta la delincuencia, se solicitan más vigilantes. Si aparecen nuevas vulnerabilidades, se incorporan más vigilantes. Si ocurre un incidente, la reacción inmediata consiste en aumentar los puestos de servicio, como si la simple presencia física pudiera sustituir el análisis profesional que nunca se realizó.

En realidad, cada vigilante incorporado sin un criterio técnico representa únicamente un recurso adicional dentro de un sistema que puede seguir siendo deficiente desde su concepción. La cantidad de personal nunca compensará la ausencia de planificación.

Del pensamiento operativo al pensamiento estratégico

La evolución de la seguridad privada no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías o adquirir equipos más sofisticados. El verdadero cambio comienza cuando una organización modifica su manera de pensar. Mientras la atención permanezca concentrada exclusivamente en la operación diaria, la seguridad seguirá reaccionando frente a los acontecimientos. Solo cuando la dirección comprenda que su verdadera responsabilidad consiste en anticiparse a los riesgos podrá afirmarse que ha dado el paso hacia una gestión verdaderamente profesional.

Las organizaciones que permanecen ancladas en un pensamiento operativo dedican buena parte de su tiempo a investigar pérdidas, justificar incidentes, reemplazar personal, atender reclamos y buscar responsables. Por el contrario, las organizaciones que trabajan con un enfoque estratégico concentran sus esfuerzos en evitar que esos problemas lleguen a producirse. Su principal indicador de éxito no es la capacidad para reaccionar, sino la capacidad para prevenir.

La diferencia no está en el uniforme, ni en la cantidad de cámaras, vehículos o radios disponibles. Reside en la capacidad para transformar información en decisiones, riesgos en planes de acción y vulnerabilidades en oportunidades de mejora. En otras palabras, la seguridad deja de administrarse desde la intuición para comenzar a gestionarse desde el conocimiento.

Cuando ese cambio ocurre, el vigilante deja de ser el único responsable visible y pasa a convertirse en el último eslabón de una cadena de decisiones técnicas. Si esa cadena ha sido correctamente diseñada, contará con procedimientos claros, supervisión permanente, recursos adecuados y objetivos perfectamente definidos. Si no existe, terminará improvisando frente a situaciones para las cuales nunca debió quedar solo.

El cliente también debe evolucionar

Sería injusto atribuir esta situación exclusivamente a las empresas de seguridad. Los clientes también han contribuido, muchas veces sin proponérselo, a mantener este modelo. Durante años, numerosos procesos de contratación se concentraron casi exclusivamente en comparar precios, cantidades de personal y condiciones económicas, dejando en un segundo plano aspectos mucho más relevantes para la protección de sus activos.

Todavía es frecuente encontrar licitaciones donde las preguntas giran alrededor del costo por puesto de servicio, el número de vigilantes disponibles o el tiempo de reemplazo del personal, mientras apenas se profundiza en la metodología para analizar riesgos, los sistemas de supervisión, la capacitación especializada o los procesos de auditoría.

Cuando esto ocurre, el mercado termina premiando a quien ofrece más horas de presencia física, aunque no necesariamente ofrezca mayor seguridad.

Un cliente profesional entiende que no está contratando hombres uniformados. Está contratando conocimiento, experiencia, capacidad de análisis y gestión del riesgo. Comprende que el número de vigilantes constituye apenas una consecuencia del estudio técnico y no el punto de partida de la solución.

¿Qué vende realmente una empresa de seguridad?

Quizás la pregunta más importante que debería formularse cualquier empresario del sector sea esta: ¿qué vendo realmente?

Si la respuesta es "vendo vigilantes", su empresa seguirá compitiendo por precio. Cada nuevo competidor podrá ofrecer prácticamente lo mismo con una tarifa ligeramente inferior, iniciando una carrera que inevitablemente afectará la calidad del servicio y la sostenibilidad del negocio.

Pero si la respuesta es "vendo gestión del riesgo", el escenario cambia por completo. El valor de la organización deja de depender del número de personas que puede asignar a un servicio y pasa a sustentarse en su capacidad para comprender los problemas del cliente y diseñar soluciones eficaces. Allí aparecen los verdaderos elementos diferenciadores: conocimiento, metodología, supervisión, innovación, tecnología y talento humano.

Ese es el camino que ha seguido la industria en los mercados más desarrollados. Las organizaciones que hoy lideran el sector dejaron hace tiempo de definirse como empresas de vigilancia para convertirse en compañías dedicadas a la administración integral del riesgo. Comprendieron que el verdadero valor no está en suministrar personal, sino en ofrecer soluciones que permitan proteger personas, activos, información y continuidad operacional.

La evolución pendiente

La seguridad privada posee hoy la experiencia, la tecnología y el talento humano necesarios para asumir un papel mucho más estratégico dentro de las organizaciones. Lo que aún necesita es consolidar un cambio de mentalidad que le permita abandonar definitivamente paradigmas que ya no responden a la complejidad del mundo actual.

Ese cambio no significa restarle importancia al vigilante. Por el contrario, significa ubicarlo en el lugar que realmente le corresponde dentro de un sistema integral de protección. Cuando el análisis de riesgos orienta las decisiones, los procedimientos respaldan la operación y la supervisión garantiza el cumplimiento, el vigilante puede desarrollar plenamente su función. Deja de ser el único responsable visible para convertirse en parte de un sistema diseñado para prevenir y no simplemente para reaccionar.

El Legado del Mito

Toda organización que aspire a proteger eficazmente a sus personas, sus activos y su continuidad debe comprender que el verdadero punto de partida es el análisis de riesgos, la planificación y la gestión profesional. El vigilante representa la ejecución de esa estrategia, no su origen.

Mientras continuemos creyendo que la seguridad depende únicamente de la presencia física de un hombre uniformado, seguiremos administrando recursos. El día que entendamos que la seguridad nace del conocimiento, la prevención y la gestión del riesgo, comenzaremos a administrar la verdadera seguridad.

La seguridad no comienza cuando llega el vigilante; comienza cuando alguien decide pensar antes de reaccionar.



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“Creer que la seguridad comienza cuando llega el vigilante”


 Artículo publicado el sábado 8 de agosto en Delta13News

Este artículo forma parte de la serie editorial “Rompiendo Mitos – De Pirata a Profesional”, de Carlos Enrique Pérez Barrios.







SERIE — ROMPIENDO MITOS

 



“ROMPIENDO MITOS”

Una serie editorial de Carlos Enrique Pérez Barrios


¿POR QUÉ ROMPER LOS MITOS DE LA SEGURIDAD?

Una invitación a repensar la seguridad desde sus propias creencias.




Toda profesión construye, con el paso de los años, un patrimonio que trasciende a las personas. Ese patrimonio está formado por conocimientos, experiencias, procedimientos, principios y valores que permiten a cada nueva generación comenzar su camino desde un nivel superior al alcanzado por quienes la precedieron. Gracias a ese proceso continuo de aprendizaje colectivo, las profesiones evolucionan, fortalecen su identidad y responden cada vez mejor a las necesidades de la sociedad.

Sin embargo, ese mismo proceso produce un fenómeno mucho menos visible. Junto al conocimiento también comienzan a transmitirse ideas que rara vez vuelven a ser examinadas. Algunas nacieron como soluciones acertadas frente a circunstancias muy concretas; otras fueron el resultado de experiencias exitosas que terminaron convirtiéndose en modelos de actuación. Con el paso del tiempo dejaron de presentarse como simples criterios para transformarse, casi sin advertirlo, en verdades aceptadas. Nadie recuerda exactamente cuándo ocurrió ese cambio. Simplemente sucede. Lo que un día fue una respuesta termina ocupando el lugar de un principio incuestionable.

Mientras esa transformación permanece alineada con la realidad, la profesión continúa avanzando sin mayores dificultades. El problema aparece cuando el entorno cambia con mayor velocidad que las ideas utilizadas para comprenderlo. Entonces comienza a producirse una contradicción silenciosa: la actividad evoluciona, las amenazas se transforman, las organizaciones incorporan nuevas tecnologías y la sociedad plantea desafíos diferentes, pero muchas de las respuestas siguen apoyándose sobre paradigmas concebidos para una realidad que ya dejó de existir.

Ese fenómeno no es exclusivo de la seguridad. Acompaña prácticamente a todas las disciplinas. La diferencia radica en que, dentro de una profesión cuya razón de ser consiste precisamente en anticiparse al cambio, permanecer aferrados a explicaciones del pasado puede convertirse en una de las mayores fuentes de vulnerabilidad.

Cuando una idea deja de ser cuestionada, comienza a convertirse en un paradigma.

La experiencia constituye uno de los activos más valiosos de cualquier organización. Gracias a ella se reducen errores, se perfeccionan procedimientos y se construyen buenas prácticas que merecen ser preservadas. Nadie sensato podría plantear el desarrollo de una profesión ignorando el conocimiento acumulado por quienes dedicaron su vida a fortalecerla.

Pero la experiencia, por sí sola, nunca ha garantizado la evolución. Lo que verdaderamente impulsa el progreso es la capacidad de revisar permanentemente aquello que la experiencia enseña. Las profesiones dejan de crecer cuando sustituyen el análisis por la repetición y convierten la costumbre en el principal argumento para justificar sus decisiones. A partir de ese momento, el conocimiento comienza a inmovilizarse y las preguntas desaparecen, precisamente porque las respuestas parecen haber quedado resueltas para siempre.

Así nacen los paradigmas que más tarde se convierten en mitos profesionales. No suelen ser completamente falsos. Si lo fueran, desaparecerían con facilidad. Conservan una parte importante de verdad, suficiente para mantenerse vigentes durante años. Esa aparente solidez es precisamente la que dificulta volver a examinarlos. La costumbre termina otorgándoles una autoridad que pocas personas se sienten motivadas a discutir.

Sin embargo, ninguna profesión puede darse el lujo de dejar de cuestionarse. La realidad nunca permanece inmóvil. Cada transformación tecnológica, cada cambio social, cada nueva amenaza y cada nueva oportunidad obligan a revisar si aquello que ayer produjo buenos resultados continúa siendo suficiente para enfrentar los desafíos del presente.

Las profesiones dejan de crecer mucho antes de dejar de cambiar.

Pocas actividades han experimentado una transformación tan profunda como la seguridad. Lo que décadas atrás se concentraba principalmente en la protección física de personas e instalaciones hoy abarca dimensiones mucho más amplias: gestión integral de riesgos, continuidad operacional, protección de infraestructuras críticas, inteligencia corporativa, ciberseguridad, análisis estratégico, resiliencia organizacional y un conjunto creciente de responsabilidades que exigen conocimientos cada vez más especializados.

Paradójicamente, mientras la profesión amplía su campo de acción, todavía sobreviven maneras de pensar que pertenecen a otra época. No porque exista resistencia consciente al cambio, sino porque toda organización desarrolla una cultura propia y esa cultura tiende naturalmente a conservar aquello que alguna vez funcionó. Esa tendencia aporta estabilidad, pero también puede convertirse en una limitación cuando impide reconocer que la realidad ya no responde a las mismas reglas.

Con frecuencia se incorporan nuevas tecnologías sin modificar los criterios utilizados para dirigirlas. Se adquieren mejores equipos, pero se mantienen idénticos estilos de liderazgo. Se actualizan los procedimientos, aunque las decisiones continúan inspirándose en paradigmas que jamás fueron revisados. En esas circunstancias, la innovación termina siendo únicamente una modernización de recursos, no una verdadera evolución del pensamiento.

Y ninguna profesión alcanza su máximo desarrollo mientras el cambio ocurra solamente en las herramientas y no también en la forma de comprender aquello que hace.

Toda transformación comienza mucho antes de modificar los procedimientos.

Fue precisamente esa reflexión la que dio origen a esta colección.

No surgió con la intención de desacreditar la experiencia ni de presentar la innovación como un valor absoluto. Mucho menos pretende afirmar que todo cuanto se ha hecho hasta ahora debe ser reemplazado. Las profesiones no evolucionan destruyendo sus fundamentos; evolucionan fortaleciéndolos mediante el análisis permanente de aquello que verdaderamente conserva su vigencia.

La finalidad de ROMPIENDO MITOS – DE PIRATA A PROFESIONAL consiste, precisamente, en recuperar ese ejercicio de reflexión. Cada uno de los artículos abordará una creencia profundamente arraigada dentro del mundo de la seguridad. Algunas demostrarán conservar plena validez. Otras necesitarán ser reinterpretadas a la luz de las nuevas realidades. Y algunas habrán cumplido ya su propósito histórico, convirtiéndose, sin proponérselo, en obstáculos para continuar creciendo.

No se trata de ofrecer respuestas definitivas. Tampoco de imponer una manera única de pensar. La intención es mucho más ambiciosa: promover una cultura profesional donde las decisiones nazcan del análisis y no de la costumbre; donde la experiencia sea una fuente permanente de aprendizaje y no una justificación para evitar el cambio; donde cada práctica pueda sostenerse por sus resultados y no únicamente por el tiempo que lleva siendo aplicada.

Porque el verdadero desarrollo profesional nunca comienza cuando aparecen nuevas herramientas. Comienza cuando aparecen nuevas maneras de pensar.

El verdadero profesionalismo comienza cuando aparece la voluntad de revisar las propias certezas.

Hasta este momento la reflexión ha girado alrededor de las ideas. De aquellas creencias que, con el paso de los años, terminan incorporándose al ejercicio cotidiano de la profesión hasta confundirse con verdades permanentes. Sin embargo, las ideas no permanecen vivas por sí mismas. Siempre encuentran personas dispuestas a conservarlas y otras capaces de someterlas nuevamente al análisis. Es precisamente allí donde empieza a manifestarse una diferencia que resulta mucho más profunda que la simple aceptación o rechazo de un procedimiento determinado.

A lo largo de esta colección esa diferencia irá tomando forma de manera gradual. No para clasificar personas, ni para establecer categorías entre quienes trabajan en seguridad, sino para representar dos actitudes frente al conocimiento y frente a la propia evolución de la profesión. Una de ellas encuentra suficiente continuar haciendo las cosas porque siempre se han hecho así. La otra considera que la experiencia constituye un extraordinario punto de partida, pero nunca un punto de llegada.

La primera deposita su confianza en la repetición. Interpreta la estabilidad como una garantía de eficacia y observa el cambio con prudencia, convencida de que modificar aquello que funcionó durante años puede representar un riesgo innecesario. La segunda comprende que precisamente el éxito alcanzado obliga a mantenerse alerta, porque ninguna realidad permanece inalterable y ninguna organización puede aspirar a seguir obteniendo los mismos resultados si deja de evolucionar al ritmo de los desafíos que enfrenta.

Poco a poco, el lector descubrirá que esas dos maneras de pensar han acompañado silenciosamente la evolución de la seguridad durante mucho tiempo. También comprenderá que no dependen del cargo ocupado, de la antigüedad, del uniforme ni de la experiencia acumulada. Dependen, sobre todo, de la actitud con la que cada profesional decide relacionarse con el conocimiento. Solo entonces aparecerán, de manera natural, las dos figuras que dan identidad a esta serie: el pirata y el profesional. No como etiquetas destinadas a señalar personas, sino como dos modelos de pensamiento que conviven dentro de la profesión y cuya influencia se refleja diariamente en la calidad de las decisiones, en la fortaleza de las organizaciones y en el futuro mismo de la seguridad.

Quizá el propósito más importante de estas páginas no sea demostrar quién tiene razón, sino ofrecer al lector la oportunidad de mirar nuevamente su propia práctica profesional y preguntarse, con absoluta honestidad, cuáles de sus convicciones siguen impulsando su crecimiento y cuáles merecen ser revisadas. Porque las grandes transformaciones rara vez comienzan modificando estructuras; casi siempre empiezan cuando alguien se atreve a formular una pregunta diferente.

EL LEGADO DE LA SERIE

Toda profesión necesita conservar su memoria, pero también desarrollar la capacidad de examinar críticamente las ideas que orientan su futuro. Entre esos dos extremos se encuentra el verdadero camino de la evolución. La experiencia aporta estabilidad; el pensamiento crítico evita el estancamiento. Cuando ambos logran convivir, el conocimiento deja de ser una herencia estática para convertirse en una construcción permanente.

Ese es el espíritu que inspira ROMPIENDO MITOS – DE PIRATA A PROFESIONAL. No pretende enfrentar el pasado con el presente, ni sustituir la experiencia por la novedad. Aspira a algo más trascendente: contribuir a la formación de una cultura profesional donde cada paradigma pueda ser revisado con libertad intelectual, cada práctica encuentre su verdadera justificación en los resultados que produce y cada generación reciba, no un conjunto de respuestas inamovibles, sino una profesión que conserve intacta su capacidad de aprender, de evolucionar y de construir su propio futuro. Porque las organizaciones más sólidas no son aquellas que creen haber encontrado todas las respuestas, sino las que nunca dejan de hacerse las preguntas que las impulsan a seguir creciendo.

Por Carlos Enrique Pérez Barrios
Magíster en Seguridad y Defensa Nacional

Julio, 2026

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“Rompiendo Mitos de la Seguridad”

📰 PUBLICADO ORIGINALMENTE EN DELTA13 NEWS
Este artículo forma parte de la serie editorial “Rompiendo Mitos – De Pirata a Profesional”, de Carlos Enrique Pérez Barrios.

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